Inmigrantes y la belleza de no sonar como nadie
Cuatro años después, el dúo argentino vuelve con una nueva etapa donde el corazón análogo y el músculo digital conviven sin perder la esencia.

Después de tomarse una pausa larga —que en tiempos de inmediatez parece una eternidad— Inmigrantes vuelve con un próximo disco nuevo, una estética retrofuturista y una claridad admirable: no quieren parecerse a nadie. El primer adelanto, Avellaneda, ya da pistas de lo que viene: un sonido que no se acomoda a la moda, letras que no necesitan explicarse y una producción que suena a ellos y a nadie más.
Evitar los lugares comunes (y el aburrimiento)
“Hay una inmediatez hoy en la música que es un poco abrumadora”, cuentan. Después de más de 20 años en la industria, decidieron no subirse a esa rueda. Pararon los shows, la prensa, todo. Se tomaron cuatro años de laboratorio, juntándose tres veces por semana para componer, probar, experimentar. “Nos impusimos una dieta creativa”, dicen. Y si algo no los hacía vibrar, pasaban al siguiente tema.
“Nuestra regla principal es evitar el aburrimiento.”

Para ellos, la composición no debe ir al camino fácil: si un tema suena a algo ya hecho, lo descartan. Si se vuelve obvio, le dan la vuelta. Ese espíritu atraviesa todo el nuevo álbum. Incluso en una canción que parecía hecha para sonar a rock clásico, decidieron romper el molde: cuando invitaron a un featuring que hizo justo lo que ellos no querían hacer, fue perfecto. “Él ocupó ese lugar. Si nosotros hubiéramos hecho lo mismo, hubiera sido un cliché completo.”
Dualidades: entre máquinas, sangre y emoción
El disco nuevo —del cual Avellaneda es apenas la primera pista— se mueve en un concepto claro: la convivencia entre lo análogo y lo digital, entre la emoción cruda y el universo de las máquinas.
“Queríamos que estos dos mundos coexistan. Algunos temas los grabamos en vivo, todos tocando en la misma habitación, sin click. Otros tienen producción digital a full.”
Esa misma dualidad se nota en las letras. No les gusta explicar de qué trata cada canción (“la canción tiene vida propia”), pero hay un hilo que atraviesa todo: emociones contradictorias, luz y sombra, lo íntimo y lo cibernético. Como si Blade Runner tuviera banda sonora con corazón de piano.
Un disco que se ve (y se siente) como una película

Además del sonido, también cuidaron el arte visual. Querían que todo fuera conceptual, que cada portada, video y estética dialogara con el disco. El arte de Avellaneda, hecho por el argentino Andry Bets, captura justo esa mezcla de fábrica postindustrial y colores intervenidos digitalmente. “La estética de nuestro barrio, Avellaneda, está muy ligada a esa vibra new wave, postpunk. Eso nos representa mucho.”
El videoclip también se va por esa línea retrofuturista: ciencia ficción con tintes nostálgicos, un poco Blade Runner, un poco videoclip alternativo de los 2000s. Sin perder de vista algo esencial: suena y se ve a Inmigrantes.
Y aunque el disco aún no sale completo, ya se siente claro: estos cuatro años no fueron una pausa, fueron un acto de resistencia contra la prisa, un ejercicio de honestidad y una carta de amor a hacer música como se les da la gana.
¡Espera mas noticias de la música que se aproxima de Inmigrantes y fechas de shows!

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