Del sueño de ver a The Cardigans en Guanajuato a la fiesta final con Plastilina Mosh bajo el frío de noviembre.

Hay festivales que se quedan en la memoria por su grandeza, y otros por la nostalgia de saber que estuviste en su despedida. El 5 de noviembre de 2022 marcó mi primer y, paradójicamente, último Tecate Bajío en el Autódromo de León.
Antes de que el festival fuera cancelado de manera definitiva de la agenda nacional. Sin embargo, ese único boleto de entrada nos regaló un banquete de nostalgia y reencuentros que hicieron que cada segundo valiera la pena.
El gran acontecimiento de la jornada fue, sin duda, la presencia de The Cardigans. Jamás en la vida me pasó por la cabeza que terminaría viendo a los suecos en León, Guanajuato, coreando «Lovefool» a todo pulmón junto a miles de personas. A este hito internacional se le sumó un setlist nacional de lujo: presenciamos uno de los últimos shows de Zoé en ese año, atestiguamos uno de los miles de regresos a los escenarios de Fobia, y nos dejamos abrazar por la mística y nostalgia de Aterciopelados.

El cartel no daba tregua. Otra de las bandas más esperadas de la noche fue The Rasmus, quienes trajeron toda la vibra gótica dosmilera al Bajío. Para cuando el cansancio de andar corriendo con el equipo de foto empezaba a cobrar factura, el clima nos recordó que ya estábamos en pleno noviembre, soltando un frío bastante calador sobre el autódromo.
Pero el cierre del festival tenía planeada la mejor medicina para el frío. Ya con una buena chamarra encima y medio pedita para entrar en calor, ver a Plastilina Mosh apoderarse del escenario principal fue una locura total.
Bailar y disfrutar de su show sin ninguna preocupación fue el broche de oro perfecto para despedirnos de un festival que, aunque ya no volverá a suceder, nos dejó recuerdos impecables para la posteridad.

